Un gato entre nosotros
No fue el primer beso, ni
siquiera la primera mirada. Fue el gato. El gato que cruzaba la casa como si
todos fuéramos parte de su mobiliario emocional, el que se colaba por debajo de
la puerta cuando los gritos volvían a estallar en el piso de arriba.
Una pareja de chicos que se amaban mal, de esos que necesitan reconciliarse a diario para justificar seguir juntos. Vivían atrapados en su loop de toxicidad, con un pequeño jardín de cactus y suculentas que parecían sobrevivir por pura terquedad, como si también supieran que allí nada crecía del todo bien. Y en medio de ese teatro, estaba él.
Rentaba una habitación, pero parecía que la casa era suya, o que los gatos lo sabían. Desde la primera noche, el gato (creo que era negro, aunque la memoria a veces juega a disfrazar los detalles) empezó a dormir con él. Se quedaba a sus pies, sin moverse, como si su paz le hiciera bien. Me costaba entender porqué, hasta que una noche, mucho después de aquella primera, lo vi: él lo acariciaba con un amor que no parecía de este mundo, como si al tocarlo recordara algo anterior, como si fuese él el animal rescatado. Y yo, desde la otra esquina de la cama, comencé a entender que algo en mí también quería quedarse ahí. Pero no se quedó. Al menos no después de aquel comienzo de noviembre.
Días después, recibí un mensaje suyo. Con esa honestidad que siempre fue más suya que mía, me dijo que estaba saliendo con alguien, que lo más sincero era no frecuentarme, que no quería hacerme daño. Agradeció el momento que compartimos, así, como si hubiera sido un error amable, y cerró el mensaje con una promesa suave: “Si algún día se puede, te escribo.” Y lo hizo.
En enero regresé de Venezuela. Navidad con la familia, las comidas de siempre, las preguntas que nadie debería hacer. Volví con la ropa impregnada de nostalgia y con esa sensación tibia de no saber si uno realmente pertenece a algún sitio. Apenas aterricé, esa misma noche, me escribió y vino a verme. Estaba igual o quizás no. Pero el gato, del que me había hablado esa última noche que nos vimos, ronroneó otra vez en mi cabeza.
Y entonces vino un año. Un año de no saber qué éramos. Un año donde nos heríamos sin querer, intentando sostener algo que no sabíamos nombrar. Nos frecuentábamos a ratos como si fuéramos novios sin contrato. Otras veces nos alejábamos con esa violencia silenciosa que solo existe cuando dos cuerpos se intuyen, pero no se reconocen. Dormíamos juntos, pero no hacíamos planes. Íbamos al cine, pero evitábamos el “y después qué”. Yo decía que él era muy joven, y él que yo era muy complicado. Y en el fondo, ambos sabíamos que había algo que ya estaba allí, escondido entre las cosas no dichas, entre los mensajes que tardaban horas, entre los abrazos que duraban más de lo necesario. Éramos un proyecto sin forma, una casa sin planos. Un casi. Un casi hermoso, pero casi al fin.
Después vino Montañita, esa esquina del Ecuador donde el mar convive con hippies, mochilas polvorientas y noches que se estiran fuera de toda legalidad. No sabíamos bien qué estábamos buscando, pero sabíamos que teníamos que ir. Como si la costa nos hubiese llamado desde la primera vez que compartimos cama y silencio.
No teníamos un plan, solo esa necesidad de dejarnos llevar por el aire sin ley de Montañita, por el rumor de la música electrónica rebotando entre palmeras, arena oscura y mochileros. Corrimos con suerte: era temporada baja. El pueblo estaba medio dormido, casi vacío, como un lugar que se prepara para ser vivido con intimidad. Las calles estaban despejadas, los hostales medio cerrados, y los vendedores de ceviche hablaban en voz baja.
A las once de la noche tomamos la pastilla. Mitad para él, mitad para mí. Él, más pequeño, comenzó a sentir el cosquilleo un poco más rápido, a eso de las doce y media, como si el cuerpo se le encendiera de adentro hacia fuera. Yo, más grande, esperaba con cierta ansiedad que la molécula hiciera lo suyo, pero tardó. Para entonces él ya estaba en otro plano. Sonreía como si su alma se hubiese estirado a lo largo de la costa. Se sentó en un sofá puff, rodeado de luces violetas y gatos. Había dos. Uno de ellos, blanco, lo eligió sin dudarlo. Subió a su regazo como si ya lo conociera, como si le estuviera esperando. Lo vi abrazarlo durante horas. Sus manos acariciaban aquel lomo con la delicadeza de quien cura. Y el gato, inmóvil, ronroneaba como si le correspondiera.
A mí me dio por bailar. Pero no era un baile cualquiera: era una danza de fuego, primitiva, como si él fuera el centro de la tribu y yo el brujo rendido ante su paz. Me movía frente a él con la torpeza luminosa de quien ha entendido que su cuerpo también puede hablar. Así pasaron las horas. Fuimos una escena que nadie grabó pero que sigue doliendo de lo hermosa. Y fue entonces, con un gato dormido sobre su pecho y yo secándome la frente con las manos frías por el efecto de la pill, que me miró y lo dijo. Así, sin ceremonia:—¿Quieres ser mi novio?
Como si fuera la pregunta más sencilla del mundo. Como si no estuviéramos con los sentidos en llamas, las pupilas dilatadas, el alma desvestida. Lo miré y no supe qué decir, o quizás no hizo falta. El gato ronroneó como si hubiese dado su aprobación ancestral. Y yo asentí. Porque no podía ser de otra manera.
En algún punto se mezclaron las luces con el amanecer, el beat con los primeros destellos del sol, el sudor con la sal. Nadie nos interrumpió. Ni el DJ, ni los gatos, ni el tiempo. Después pensé en lo extraño de todo. Nunca fui amante de los animales. Mucho menos de los gatos, siempre los consideré demasiado independientes, demasiado suyos. Esa clase de amor que no puedes controlar, que hay que respetar desde la distancia. Y, sin embargo, fue un gato el que nos vio nacer.
Uno en la casa donde nos conocimos, y otro, o el mismo disfrazado por el universo, el que presenció nuestro pacto en Montañita. Él siempre hablaba de tener uno, un gato. Uno de verdad. Quería domesticarlo, enseñarle a caminar con un arnés, sacarlo al parque como si fuera un perro, decía. Yo me lo imaginaba con lentes de sol y una mochilita en la espalda, listo para ir al colegio. Nos reíamos. Yo le decía que ya teníamos a Pippi, un capibara de peluche que me regaló por navidad, con los ojos un poco torcidos y una sonrisa tenue de hilo que se fue desgastando con los meses.
Para mí era suficiente, una especie de hijo simbólico, una criatura imaginaria que compartíamos sin reglas. Pippi presenció tantas cosas: nuestras películas repetidas, las cenas de delivery en el colchón, nuestras piernas cruzadas y sudadas en las madrugadas húmedas. A veces lo encontraba en mi lado de la cama, otras hurgando entre la pared y el colchón, como si tuviera vida propia y eligiera él también dónde estar.
Pero ahora lo entiendo. El gato no era solo un gato. Era la forma que encontró el amor para entrar sin hacer ruido. Un gesto, una presencia tibia, un aviso de algo que ya nos sucedía, aunque no supiéramos decirlo. Porque el amor, a veces, no irrumpe: se posa. No exige: se queda. Y no se deja atrapar, pero vuelve. Silencioso. Libre. Como esas cosas que no se poseen, solo se celebran cuando deciden volver. Y fui yo el que terminó elegido. Como cuando un gato te mira, te reconoce, y sin pedir permiso, se queda dormido justo en el centro de tu vida.
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