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Vestigio

Lo nuestro duró unos meses, pero el tiempo nunca sabe medir bien estas cosas: fue demasiado breve y, al mismo tiempo, interminable. Tenía veinte años, yo veinte por encima. La diferencia parecía un muro, pero se volvió un puente. Era fácil confundir la frescura con una promesa y la experiencia con refugio. Coincidimos casi dos años antes, pero fue en el segundo de ellos cuando la distancia nos entrenó en el ejercicio de estar juntos aun separados. Cinco meses antes del cierre, finalmente, comenzamos a convivir bajo el mismo techo. Los fines de semana eran su territorio. Se metía en mi rutina como la lluvia que moja aunque uno no quiera: cae y simplemente está. Con esa presencia entendí que la belleza absurda de lo cotidiano existe: un gesto mínimo, una risa que parecía no haber aprendido aún el miedo al desencanto. Yo, en cambio, miraba desde mis cicatrices, con esa manía de tropezar siempre en el mismo lugar, con esa costumbre de sentir cuando debía callar y callar cuando debía sentir...

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