Vestigio

Lo nuestro duró unos meses, pero el tiempo nunca sabe medir bien estas cosas: fue demasiado breve y, al mismo tiempo, interminable. Tenía veinte años, yo veinte por encima. La diferencia parecía un muro, pero se volvió un puente. Era fácil confundir la frescura con una promesa y la experiencia con refugio. Coincidimos casi dos años antes, pero fue en el segundo de ellos cuando la distancia nos entrenó en el ejercicio de estar juntos aun separados. Cinco meses antes del cierre, finalmente, comenzamos a convivir bajo el mismo techo. Los fines de semana eran su territorio. Se metía en mi rutina como la lluvia que moja aunque uno no quiera: cae y simplemente está. Con esa presencia entendí que la belleza absurda de lo cotidiano existe: un gesto mínimo, una risa que parecía no haber aprendido aún el miedo al desencanto. Yo, en cambio, miraba desde mis cicatrices, con esa manía de tropezar siempre en el mismo lugar, con esa costumbre de sentir cuando debía callar y callar cuando debía sentir. Recuerdo una voz hablando de futuro, mientras yo apenas sobrevivía al presente. Entregué mis madrugadas de insomnio embebidas en eszopiclona, mis abrazos huecos, mis ganas de exorcizar a la memoria para que no olvidara que alguna vez supo amar. Tal vez quise demasiado, o tal vez demasiado poco, porque el resultado fue el mismo: la partida.

No sé si lo más doloroso fue la ausencia en sí o la forma en que se anunció: un par de mensajes de texto. Habría querido mirar y descubrir en sus ojos la emoción que las palabras negaban. Necesitaba ponerle rostro al final, pero no fue así. En medio de ese vacío, recordé un fragmento de Charles Bukowski que alguna vez subrayé: “El amor se quema con el primer sol de la realidad”. Y entendí que ese sol había llegado para nosotros en la forma más cruel: un destello frío en la pantalla del teléfono. Allí se consumió lo que aún creíamos intacto, y en esas cenizas solo quedé yo, reconociéndome en la pérdida, aceptando que incluso lo que arde deja su luz un instante antes de apagarse.

Hay noches en las que me pregunto si fallé en la palabra precisa, si pude haber hecho algo distinto. Pero ya sé que nada detiene lo que está hecho para irse. Una persona se va, pero queda: en la cama, en los objetos que permanecen, en esa grieta entre vigilia y sueño donde vuelven los fantasmas. Hoy escribo porque aún necesito sostener lo que se escapa. Pero también porque en esta ausencia descubrí algo que no sospechaba: sigo vivo. Y aunque esa presencia ya no esté, yo sigo aquí. Como dos países separados por kilómetros que no solo son de tierra y océanos, sino de silencios y emociones, permanezco en mi orilla, con todo lo perdido, con todo lo que falta. Conmigo.

Y esta vez, basta con eso.

 


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