El mejor amigo
Siempre he vivido acompañado por
una soledad discreta, casi como una sombra. No es una soledad que grite, que golpee
las paredes o exija atención. Es más bien una presencia antigua, constante, que
no reclama pero tampoco cede su sitio. Nunca me creí del todo esos cumplidos
que, con la cortesía automática de quien no quiere dejar un silencio incómodo,
me repetían: eres guapo, eres inteligente, podrías tener a quien quieras. Para mí no dejaban de ser más que frases de paso, flores cortadas sin raíz.
La verdad es que soy un tipo bastante hermético. Puedo aparentar sociabilidad, quizá porque la vida me entrenó para ello, pero cuando se trata de emociones me convierto en un cuarto cerrado, y cuando de sentimientos, en un búnker.
Cuando decidí venir a Ecuador, no me sentí un emigrante. Preferí llamarme a mí mismo un exiliado: geográfico y emocional. Dejé un país, sí, pero también dejé una versión de mí que sabía que no regresaría. Comprendí que no pertenecía a ninguna parte, que podía despertar en Quito y dormirme en Madrid sin que ninguna ciudad me llamara suyo. Y esa sensación se convirtió en un pacto íntimo: no amarás. Venía de una relación que me dejó expuesto y sin piel, como el lomo de un animal despellejado en medio del bosque. Y por eso juré no volver a someterme a esa disección.
El primer año fue como caminar sobre un escenario a oscuras. No tuve plena conciencia de que ya no vivía donde nací, y hubo noches en las que pensé que no vería el amanecer. Creí que podría mantener la coraza para siempre. Y fallé. No fue un derrumbe súbito, sino una filtración lenta, una grieta que dejó pasar algo que no supe nombrar. Hasta que apareció él.
Nos conocimos en una aplicación de citas, aunque tardamos dos meses en vernos en persona. Después de aquel primer encuentro, otro par de meses para coincidir de nuevo. El tiempo, como si jugara con nosotros, interponía pausas largas, obligándonos a aprender a esperarnos sin exigirnos absolutamente nada.
Poco a poco empezó la verdadera ruleta rusa. Los fines de semana se llenaron de pequeñas costumbres: cocinar juntos, caminar por la ciudad, dormir bajo el mismo techo, ponernos brillitos en las uñas. Hasta que una tarde, con una naturalidad que me desarmó, él preguntó: ¿Qué somos?
Yo provoqué la primera ruptura. Le dije que no podía ofrecer más de lo que daba, que no debíamos ponerle nombre a lo nuestro. No era franqueza: era miedo disfrazado de control. Él lloró en madrugadas con tragos de más, y yo, en mi orgullo de exiliado emocional, me mantuve firme. O eso creí. Hasta que, en su vigésimo cumpleaños, me encontré enviándole un regalo. Un gesto simple, pero que llevaba un hilo invisible atándome a su vida. Y él, en lugar de tensarlo para herirme, lo sostuvo con cuidado. Volvimos a hablar.
Entonces la vida, como si quisiera ponerme a prueba, me lanzó una bofetada: la mitad de mi cara se paralizó. Pensé que atravesaría esa enfermedad solo, pero él apareció con un ramo de flores y una determinación que no esperaba. Tenía más ganas de cuidarme que yo mismo. Y yo, que me había declarado invulnerable, empecé a ceder.
Con él aprendí a perderle el miedo a la paranoia del weed. A compartir un cristal químico en un jacuzzi desde el que la ciudad se veía como un collar de luces a punto de romperse. Me llevó a parques de diversiones y me obligó a subir a esos juegos que te elevan para luego soltarte de golpe, recordándote que la vida no pide permiso para cambiarte el pulso.
En mi soledad eterna apareció un amigo. El mejor. No llegó como un visitante, sino que se instaló en los detalles: en las películas discutidas con las sábanas hasta el cuello; en un par de botas prestadas para hacerme parecer más joven; en mis manos frías sobre su cara al amanecer, antes de salir al trabajo.
Era confianza, y también algo más: el descubrimiento de que mi casa, y sobre todo mi alma, podían llenarse de seguridad sin que eso significara perderme. Su presencia creció como una raíz silenciosa en un campo fértil, hasta volverse paisaje. Y me gustó.
Hoy, que siento que he perdido a mi mejor amigo, me doy cuenta de que lo que me dejó no fue un nombre, sino un espejo. Que quizás mi mejor amigo soy yo mismo. No hay otro como yo caminando por las calles de alguna ciudad de Venezuela, España o Chile. Y aunque sigo siendo un exiliado geográfico y emocional, sé que me tengo para lo que reste del viaje.
En estos días más calmos, agradezco que haya llegado para mostrarme mis miedos. Es como subir a un juego de feria sabiendo que el corazón va a escapar por la boca y que el cuerpo responderá con pánico, pero también sabiendo que, si todo sale bien, bajarás con vida. Y ese es el secreto: hay que aprender a morir incluso mientras se respira.
Por eso, cuando pienso en él, no lo veo marchándose, sino dejándome una lámpara encendida en medio de la casa. La luz sigue ahí, temblando sobre las paredes, y aunque sé que algún día se apagará, mientras dure me bastará para recordar que, incluso en el exilio, hubo un lugar, y una persona, donde me sentí a salvo.
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